El pensamiento iberoamericano

 

PENSAMIENTO IBEROAMERICANO
SIGLO XIX

No hay, pues, una filosofía universal, porque no hay una solución universal de las cuestiones que la constituyen en el fondo. Cada país, cada época, cada filósofo, ha tenido su filosofía peculiar, que ha cundido más o menos, que ha durado más o menos, porque cada país, cada época y cada escuela han dado soluciones distintas de los problemas del espíritu humano (Juan Bautista Alberdi, 1842).

I
El pensamiento iberoamericano

El estudio del pensamiento iberoamericano ha estado hasta la fecha subordinado a categorías de valores creadas para otros pueblos, a los cuales el iberoamericano se parece muy poco. El resultado de tales estudios ha sido, o bien tratar de demostrar una adaptación original del pensamiento europeo a la circunstancia iberoamericana; o bien negar rotundamente la existencia de un pensamiento autóctono y hablar solamente de una imitación vaga, superficial de lo ya pensado en Europa: “En la exposición de ideas ajenas, se irá perfilando nuestra manera de sentir y pensar” (Pogolotti 133). Nos encontramos de este modo ante una situación peculiar. Por una parte poseemos un gran número de pensadores que, conscientes de su función—como el Alberdi de la cita que encabeza este estudio—, dedicaron sus vidas a buscar soluciones de los problemas iberoamericanos. Por otro lado, nos enfrentamos a la curiosa realidad de que no pocos de los historiadores de este pensamiento afirman, implícita o explícitamente, con Manfredo Kempff, que “el americano ... hasta hoy no ha demostrado ser poseedor de ninguna capacidad filosófica” (Kempff 34-35).

Para comprender mejor el alcance de la posición que aquí, aunque de manera forzosamente esquemática, vamos a desarrollar, hagamos de nuevo uso de la interpretación que da Manfredo Kempff. Parte este crítico del supuesto de que “nuestra historia de la filosofía es la historia de la filosofía europea, llegada unas veces más o menos a tiempo y otras con gran retraso” (Kempff 31). Por ello, al historiar lo iberoamericano, su propósito será únicamente tratar de establecer la periodización europea en el campo americano en una sucesión cronológica. Para justificar su posición supone que la cultura iberoamericana es la misma cultura europea: “¿cómo nosotros, inmersos en las formas culturales de Occidente, íbamos a ser creadores de una filosofía que no correspondiera al espíritu de dicha cultura [europea]?” (Kempff 32-33). Basándose en tal principio recomendará al filósofo americano “hacer filosofía sin 'tipos', olvidándonos de nuestra situación de americanos y peor aún de nacionales. Filosofar sub specie aeterni—bajo la imagen de lo eterno—, pero en ningún caso bajo la imagen de América” (el énfasis es mío, Kempff 43). El alcance de estas afirmaciones adquiere su dimensión más significativa cuando se tiene en cuenta que Kempff, como boliviano, pertenecía a un pueblo que, incluso en la década de los cincuenta, contaba con una población en su mayoría indígena y que en gran parte ni siquiera hablaba español. Pretender que la cultura boliviana hasta mediados del siglo XX se encontraba “inmersa en las formas culturales de Occidente,” era desconocer su propia realidad. Quizás ésta sea la causa por la que todavía no se ha hecho la historia del pensamiento iberoamericano, aunque se hayan estudiado con bastante detalle, eso sí, sus relaciones con el europeo.

Sin poder entrar aquí en el análisis de qué es la filosofía, bástenos afirmar para los propósitos de este estudio, que parto de la convicción de que todo pensador responde a una circunstancia concreta; tanto sí acepta los problemas que la circunstancia le presenta como si los ignora; tanto si se plantea la filosofía como teoría o si se la plantea como práctica. Los pueblos europeos—como hicieron antes los griegos y romanos—han desarrollado sistemas filosóficos totalizadores en un continuo y renovado intento de dar respuesta a los problemas que su sociedad les planteaba, o con el propósito de armonizar soluciones ya propuestas. En cada caso se admitía como supuesto incontrovertible que Europa era el centro de la civilización, y que su verdad poseía valor universal. El filósofo, por supuesto, trataba aquellos problemas que surgían de la circunstancia y de la época que representaba, pero al buscar soluciones también creía que éstas lo eran para toda la humanidad; por ello construía grandiosos sistemas y en su exposición, precisamente por su pretensión de universalidad, se elevaba por encima de los detalles concretos que lo ataran a su circunstancia.

En Iberoamérica la situación es radicalmente distinta. La minoría educada poseía en el momento de su independencia una cultura esencialmente europea. Pero de la Europa misma, y sobre todo a través del pensamiento de la Ilustración, aprendieron a valorar la libertad y a hacer de ésta el norte de sus aspiraciones. Se creyó llegar a ella por medio de la independencia política y después, cuando ésta se probó insuficiente, se trató de conseguir también la independencia cultural. En todo caso, incluso en los primeros momentos de su independencia, cuando la influencia europea era más notoria, el iberoamericano nunca pretendió que las soluciones a sus problemas pudieran serlo también de los de otros pueblos; de ahí que durante el siglo XIX no creara sistemas totalizadores. Su pensamiento se limitaba a analizar la propia circunstancia, real o imaginaria, y a proponer las soluciones que sus ideales y formación le dictaban.

Incluso aceptando una fuerte influencia europea, el pensador iberoamericano responde a circunstancias diferentes y las soluciones que propone se ajustan más a su realidad que a un deseo de conformar teorías europeas. Además, una de las consecuencias del pensamiento de la Ilustración fue el rechazo de la aceptación ciega de la “autoridad”: “Ni esclavo de Aristóteles, ni aliado de sus enemigos,” como diría Feijoo. Sólo así se puede comprender el caso de José Baquíjano y Carrillo (1751-1817), cuyo pensamiento ilustrado es inseparable de la situación y realidad económica del Perú (de ahí su apoyo a la minería sobre la agricultura); o el de José da Cunha de Azeredo Coutinho (1742-1818), que defiende la humanidad del indio brasileño al mismo tiempo que justifica la esclavitud del negro africano. Todo esto da lugar a una situación compleja que pide ser analizada desde dentro; pues si, por un lado, una de las características de la América hispana durante el siglo XIX es su prolongado intento de formar pueblos semejantes a modelos extraños, al mismo tiempo se reclama independencia cultural y se rechaza el valor universal de las soluciones: “Es así como ha existido una filosofía oriental, una filosofía griega, una filosofía romana, una filosofía alemana, una filosofía inglesa, una filosofía francesa y como es necesario que exista una filosofía americana” (Alberdi: “Ideas” 62).

En este estudio prestaremos atención únicamente a aquellos pensadores que de algún modo se ocuparon de la circunstancia americana. Además, una de las características primordiales del pensamiento iberoamericano es precisamente su condición de filosofía práctica; su preocupación por la realidad inmediata que obliga a sus pensadores a dar soluciones urgentes a problemas que su circunstancia les presenta. Rara vez se tiene tiempo para teorizar en el plano abstracto, por lo que no se crean grandes sistemas. Son por lo general hombres de acción (varios de sus pensadores más destacados fueron presidentes o políticos que decidieron los destinos de sus países). En este sentido se expresaba ya Juan Bautista Alberdi, en 1842, al afirmar al comienzo de un curso sobre el pensamiento iberoamericano: “La discusión de nuestros estudios será más que en el sentido de la filosofía especulativa ... en el de la filosofía de aplicación, de la filosofía positiva y real, de la filosofía aplicada a los intereses sociales, políticos, religiosos y morales de estos países ... Vamos a estudiar ..., en una palabra, la filosofía política, la filosofía de nuestra industria y riqueza, la filosofía de nuestra literatura, la filosofía de nuestra religión y nuestra historia” (Alberdi: “Ideas” 64-65). He aquí la peculiaridad del pensamiento iberoamericano. Por supuesto, de este modo desaparece también la posibilidad de crear sistemas filosóficos de pretensiones universales, pues ello se opondría a su propio punto de partida, que consiste en negar el valor universal de las soluciones filosóficas. Pero esta “filosofía aplicada” lleva consigo también un germen poderoso que es la toma de conciencia de la propia realidad y, a través de ella, de lo que supone estar sometido a la dependencia cultural de otro pueblo. Es precisamente en este sentido en el que el pensamiento iberoamericano de las últimas décadas, a partir de 1960, ha comenzado a influir en otros pueblos. No lo hace por su contenido, pues éste sigue siendo el de aplicación a la realidad americana, pero sí en su actitud de independencia, en su significado de filosofía de la liberación.

En esta aproximación al estudio del pensamiento iberoamericano hemos aceptado como uno de los postulados básicos para su comprensión, la afirmación de Alberdi: “Nuestra filosofía ha de salir de nuestras necesidades” (Alberdi: “Ideas” 65). De aquí también una de las peculiaridades más constantes del pensamiento iberoamericano: la búsqueda de su propia identidad. Para conseguirlo, y así se resume su desarrollo durante el siglo XIX, se enfrentará a una serie de realidades que poco a poco irán añadiendo a la complejidad de su pensamiento, y que permitirán pasar de las soluciones simplistas que se envisionan con la independencia política a la profundidad del pensamiento actual. Se pasa así de la realidad de ser colonia, a la necesidad de conseguir la independencia política, al deseo de crear sociedades democráticas, al fracaso de los intentos de formar sociedades “perfectas”. El fracaso motiva, a su vez, la reflexión sobre sus causas y pone de relieve la necesidad de conocerse. De los ideales de transformación rápida se pasa ahora a un deseo de obtener progreso continuo, aunque lento, mediante un forzado orden social. Para finales del siglo XIX, los pensadores iberoamericanos se sienten fracasados, aunque este “creerse fracasados” será la base fecunda que dará origen a la riqueza del pensamiento iberoamericano del siglo XX.

 

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